La revolución del pezón sobre la ración de calamares

Si el sonido del verano es el clac, clac, clac , hay una imagen que, de Barcelona a la Línea de la Concepción, de Cartagena a Norteña, nos define como perdedores de la poca decencia que nos queda.
Y es que ya saben que hay personas que interpretan el verano como una autorización al 'todo vale' para hacer cosas que el resto del año serían impensables.
No hablo de pedir un café con hielo o de dormir la siesta con la ventana abierta.
Me refiero a esos individuos que consideran perfectamente razonable entrar en un restaurante sin camiseta, sentarse a una mesa, pedir unas gambas a la plancha y discutir con el camarero el punto del rodaballo mientras exhiben el pecho con la naturalidad de quien enseña el reloj.No deja de sorprenderme la tranquilidad con la que lo hacen.
Porque una cosa es salir de la playa.
Otra muy distinta es creer que el Mediterráneo o el Cantábrico tengan jurisdicción sobre cualquier terraza situada a menos de trescientos kilómetros de la costa.
Hay hombres que abandonan la arena, cruzan medio paseo marítimo, saludan a tres vecinos, esperan mesa veinte minutos y durante todo ese tiempo no se les ocurre que quizá sería buena idea volver a ponerse la camiseta.
Deben de pensar que la tela les produce urticaria o que el algodón, en contacto con la piel bronceada, constituye una forma de opresión.
Lo extraordinario no es el pecho.
Cada cual tiene el que ha podido reunir a lo largo de los años.
Los hay de gimnasio y los hay de cocido madrileño.
Eso es lo de menos.
Lo verdaderamente llamativo es esa absoluta incapacidad para distinguir entre lo privado y lo público.
Hay gente que confunde un restaurante con el salón de su casa.
Si pudieran, comerían en pelota picada, el mando de la televisión en una mano y una pierna encima de la silla de enfrente, dejando a la vista esa imagen tan ensordecedora.Siempre he sospechado que la educación consiste, sobre todo, en no dar el coñazo y que la elegancia supone pequeñas incomodidades.
Ponerse una chaqueta cuando toca.
Bajar la voz en un museo.
Esperar el turno.
Ceder el asiento.
Llevar una camisa para compartir mesa con desconocidos.
Son gestos diminutos que nadie agradece, pero sin los cuales la convivencia se convierte en una excursión escolar al infierno.
El hombre sin camiseta jamás entenderá esto porque está convencido de que el calor le concede derechos extraordinarios.
Es el mismo que entra descalzo en una gasolinera, que va al supermercado envuelto en un pareo o que piensa que el traje de baño sirve también para tomar café, comprar el pan y acudir al banco si la cola no es demasiado larga.
Vive instalado en la teoría de que, mientras él esté cómodo, el resto de la humanidad ya encontrará la manera de adaptarse.
Y si le molesta, pues que se aguante.Con o sin camisetaLo cierto es que hay algo profundamente español en este fenómeno.
Nos gusta exagerar las estaciones.
En invierno algunos convierten el abrigo en una trinchera y en verano hay quien libra una guerra personal contra cualquier centímetro de tela.
Como si vestir una camiseta durante una hora fuera comparable a cruzar el Sahara con un edredón de plumas.
Luego son los mismos que piden una manta cuando el aire acondicionado está dos grados por debajo de sus aspiraciones tropicales.
Lo peor de todo es que nadie les dice nada.
El camarero sonríe.
Los demás miramos hacia otro lado.
Los niños crecen pensando que aquello es normal y la escena termina formando parte del paisaje.
Así es como empiezan las costumbres.
Nunca con grandes revoluciones.
Siempre con una pequeña renuncia a la igualdad de los demás.
El primero que decidió comer sin camiseta.
El segundo que pensó que tampoco era para tanto.
El tercero que hizo lo mismo.
Y cuando uno quiere darse cuenta, el restaurante parece más una piscina municipal que un restaurante.Yo sigo creyendo que hay lugares para cada cosa.
La playa es un invento maravilloso precisamente porque allí uno puede ir casi desnudo sin molestar a nadie e incluso ni siquiera pisarla.
Para eso existen la arena, el mar y los chiringuitos.
Pero el restaurante es otra cosa.
Es uno de esos pocos sitios donde todavía compartimos mantel, conversación y silencio con personas a las que no conocemos.
No parece un sacrificio insoportable cubrirse el pecho durante una hora.
Si hemos sido capaces de enviar sondas a Marte, de construir catedrales y de sobrevivir a los discursos del Congreso de los Diputados, sospecho que todavía podemos reunir las fuerzas suficientes para ponernos una camiseta antes de pedir la carta.El problema empieza cuando confundimos la comodidad con la buena educación.
Y esa confusión, como casi todas las importantes, nunca llega haciendo ruidoPorque el problema nunca ha sido el calor.
El calor lo sufrían nuestros abuelos y no se les ocurría presentarse a comer medio desnudos en una fonda.
El problema empieza cuando confundimos la comodidad con la buena educación.
Y esa confusión, como casi todas las importantes, nunca llega haciendo ruido.
Llega discretamente, mesa a mesa, terraza a terraza, pecho a pecho, hasta que termina con una sociedad o, en este caso, con una civilización.
Que las personas vayan con el torso desnudo debería ser normal antes de entrar en el mar.
Pero que sigan haciéndolo mientras entran en la terraza del bar, debería ser motivo suficiente para no dejarle dar dos pasos.
Quiero resaltar que en este sentido, gordos, musculosos o raquíticos están exactamente al mismo nivel.
Pero por favor, por sus hijos, por sus invitados, por los desconocidos que tienen cerca: si van a comer y no tienen el mínimo de decencia de cubrirse el pechamen, láncense lo antes posible por el viaducto más cercano.
Harán un inmenso favor al paisaje de nuestros días. ...
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