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Vuelve ‘Nicky, la aprendiz de bruja’, la devastadora obra maestra de Miyazaki sobre la madurez y el hastío laboral

elDiario.es

Tras ‘Porco Rosso’ y ‘El castillo en el cielo’ se reestrena en cines otro clásico de Ghibli: una cima creativa apabullante, de lo más emotivo y doloroso que jamás haya hecho el estudio
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Las trayectorias de Disney y Studio Ghibli no confluyeron oficialmente hasta mediados de los años 90, cuando la Casa del Ratón quiso distribuir La princesa Mononoke fuera de Japón, pero antes ya se habían rozado alguna vez. 1989, por ejemplo, había sido un año decisivo para ambas compañías, gracias al estreno de dos películas que inaugurarían una época de esplendor creativo y comercial.

Una era La sirenita, impulsora del Renacimiento de Disney. Y la otra fue Nicky, la aprendiz de bruja: el primer taquillazo de Ghibli sin letra pequeña, tras la discreta acogida de El castillo en el cielo y el agotador desarrollo de aquel doble estreno de 1988, Mi vecino Totoro + La tumba de las luciérnagas. Nicky, la aprendiz de bruja —que Vértigo Films trae ahora remasterizada a los cines españoles, como ya hiciera con Porco Rosso y El castillo en el cielo— tuvo un éxito total y consolidó el prestigio internacional de Ghibli, capaz de aguantarle la mirada a Disney y ofrecer una alternativa a su forma de hacer las cosas, postulada veloz y elocuentemente frente a La sirenita.

Y es que, al igual que en este clásico Disney, la protagonista podía hablar con los animales. Al menos con uno, su gato Jiji. El film participaba hasta cierto punto de la tradición de Disney de que los animales pudieran hablar, pero lo hacía con un giro llamativo. En un momento dado, Nicky perdía esa habilidad. Su gato se convertía en un gato normal, como trágica expresión de la crisis que atenazaba a la protagonista. Más tarde ocurría algo aún más revulsivo: llegaba el final de la película y Jiji permanecía mudo, limitándose a maullar. Algo así jamás habría pasado con Disney, algo así era escandaloso. Quizá por eso la Casa del Ratón quiso corregirlo en cuanto tuvo la oportunidad.

El acuerdo alcanzado con Ghibli en 1996 contemplaba no solo la distribución internacional de las próximas películas, sino la implantación de un mercado doméstico para obras previas donde urgían los doblajes en inglés. Al traducir Nicky para el público anglosajón, Disney modificó la escena final para reforzar el final feliz, de forma que la voz del actor de doblaje Phil Hartman reapareciera milagrosamente. “Nicky, ¿me oyes?”. Toda una traición, por supuesto, y la lógica ira de Miyazaki evitó que esto se mantuviera en posteriores versiones. Era imprescindible, para que la película contara lo que debía contar, que el gato no volviera a hablar. Era imprescindible no ser Disney.

Los nuevos retos de Studio Ghibli

Miyazaki tenía una visión muy clara de lo que debía ser Nicky y esta visión no agradaba a todo el mundo. Empezando por la autora de las novelas originales. Eiko Kadono había creado a una afable heroína que vivía luminosas aventuras, las cuales no solían ir más allá de conocer clientes interesantes durante sus andanzas como repartidora. No había un afán especial por subrayar sus dificultades, ni el coste psicológico de una extravagante costumbre que al parecer, entre las brujas, impele a cada joven a abandonar su hogar y buscarse la vida como pueda al cumplir los 13 años.

Miyazaki, en cambio, sí había intuido un potencial muy sugestivo, suficiente para que se fuera obsesionando más y más por el proyecto aun cuando la idea inicial fuera encargarle la dirección a un colega, Sunao Katabuchi (quien décadas después obtendría grandes aplausos con En este rincón del mundo). Tras la maratón de Mi vecino Totoro y La tumba de las luciérnagas lo suyo era descansar, pero Miyazaki terminó adueñándose de la película y encabezando personalmente las discusiones con una Kadono que veía cómo la adaptación se alejaba cada vez más de lo que había escrito.

De algún modo Miyazaki se las apañó para convencer a Kadono de que Nicky —originalmente Kiki, en lo que apunta a ser una traducción de motivaciones equivalentes al Laputa/Lapuntu de El castillo ambulante— estaba en buenas manos. Y continuó llevándose la historia a su terreno, encajándola en los bosquejos de la película que nunca había podido hacer sobre Pippi Calzaslargas. Allá por los 70 Miyazaki había acudido a visitar a la escritora sueca Astrid Lindgren para hacerse con los derechos de sus novelas juveniles. Lindgren se negó a tener esta reunión pero Miyazaki aprovechó el viaje, estudiando atentamente ciudades como Visby y Estocolmo, y empezando a elucubrar diseños.

Nicky aguarda la llegada de clientes

Así que la jugada pasó por ubicar las aventuras de Nicky en una idílica ciudad escandinava: ciudad que a la postre alumbró los mayores desafíos técnicos de la película. Tras El castillo en el cielo Miyazaki iba a querer seguir perfeccionando la visualización de los vuelos —en pos de una conocida pasión por la aviación que, al margen de la escoba voladora de la protagonista, también ampararía los ingenios mecánicos de su amigo Tombo—, pero lo que más destaca del aparato animado del film es, sin duda, la representación de esta ciudad sin nombre frente al mar.

No se trata solo de fotorrealismo: la ciudad de Nicky es envolvente, multidimensional, y tiene tanta presencia en pantalla como para familiarizarnos al instante con la disposición de sus calles y lugares emblemáticos: la torre del reloj, la panadería, la playa. Se presta asimismo una gran atención al paisaje natural en derredor, al que de vez en cuando se tiene que encaminar Nicky, y cierto plano tomado desde las alturas, mientras la protagonista va en escoba, sintetiza la ambición visual de Ghibli: la comparativa de un golfo natural con el eco del mapa con que se guía la brujita.

La ciudad y el paisaje, entonces, poseen en Nicky, la aprendiz de bruja una fisicidad extrema. Lo que aboca tanto a la admiración del avance creativo —comparable a lo que hizo La sirenita con el fondo marino y la floreciente gramática del musical de Broadway—, como a una sensación muy calculada por parte de Miyazaki. Si tanta solidez, tanto parecido con nuestro mundo acoge este lugar animado, ¿qué posibilidades hay de una verdadera magia, de la existencia de brujas míticas?

La madurez frente al trabajo

Los poderes mágicos de Nicky se reducen a que sea capaz de hacer volar a su escoba y de hablar con el gato. Eso es todo y solo el vuelo tiene una utilidad práctica, así que a Nicky no se le ocurre nada mejor que montar un negocio de reparto según se instala en la ciudad. El vuelo es aquello que le hace destacar entre los lugareños, un don distintivo que en el marco de realismo militante del film de Miyazaki no ha de traducirse en viajes heroicos o luchas contra monstruos, sino en… trabajo. Puro y duro trabajo, que encima Nicky solo puede sacar adelante al pluriemplearse en la panadería de Osono y así, obtener tanto un techo como una oficina donde desempeñar su actividad principal.

La película bien podría estar hablando de cualquier autónomo, o incluso auguraría a todos esos repartidores precarios de la gig economy que marca nuestro presente. Pues Nicky ha de pasarse trabajando la mayor parte del día, introduciéndonos el film en una rutina agotadora que, al fundirse con el necesario relato de madurez —el llamado coming of age—, conduce la propuesta de Miyazaki a un dramatismo estremecedor. No somos capaces de distinguir dónde acaba la vida de Nicky (con los tropiezos sentimentales propios de su edad) y dónde empieza su labor profesional, y así llegamos a una secuencia antológica. Quizá, lo más doloroso que haya escrito nunca Miyazaki.

Imagen del comienzo de 'Nicky, la aprendiz de bruja'

Es cuando Nicky, aún arrastrando la resaca de una jornada destructiva —una que no solo culminó con un cliente ingrato, sino que le impidió acudir a un evento social que le apetecía mucho—, rechaza el ofrecimiento de Tombo de unirse a sus amigos para ir a visitar el dirigible. Su ansiedad social, en este punto, resulta indistinguible del cansancio, y Nicky experimenta de cabo a rabo lo que más tarde se popularizaría como burnout: una explosión de malestar físico y mental, producto del estrés, que justamente conduce a dejar de escuchar la voz de Jiji. También, claro, le impide seguir desempeñando su labor, perdiendo temporalmente la habilidad de volar.

Porque el vuelo —finalmente y en lo que nos lleva a otra de esas ambivalencias características de Miyazaki— no deja de representar algo innato en Nicky, algo que le pertenece por mucho que haya tenido que monetizarlo. No es lo único que Nicky pueda hacer, es simplemente lo que más le gusta, lo que le apasiona, de modo que la película deba aludir directamente a los trabajos creativos y a su dificilísima intersección con el mercado laboral. Nicky no debe aprender a vivir al margen del trabajo pues el trabajo le define: simplemente ha de convivir con él de forma más saludable.

¿Cómo? Pues el hecho de que Nicky sea la única bruja de la ciudad dificulta que pueda hacer lo más útil (unirse a un sindicato), así que la respuesta debe hallarla en algo más cercano. En su relación con los demás, estableciendo una red de afectos que le permita, por ejemplo, una escapada al campo con su amiga Úrsula. Este carismático personaje se dedica a pintar y ha pasado por experiencias similares a Nicky. Así que le asegura que la magia y la pintura se parecen, y que a veces lo único que se puede hacer es descansar y compartir fatigas con los nuestros.

Afortunadamente, a Nicky no le faltan personas con las que hablar. Ya nunca más podrá hacerlo con Jiji, eso sí —crecer implica dejar atrás ciertas cosas—, pero sí con numerosas amistades alrededor: gente que le apoya, que le quiere, que siempre está dispuesta a escuchar. El don de la magia es individual y puede resultar tan liberador como horrible si tenemos un mal día o llevamos demasiado tiempo sin echar el freno: por eso está bien tener a gente. Es así de fácil.

Y así de importante resulta entonces la preocupación de Miyazaki y compañía por el mundo que rodea a Nicky: un mundo lleno de calles y edificios de detallismo impresionante, sí, pero sobre todo un mundo vivo, lleno de gente buena que hace lo que puede y justifica las hermosas palabras que la joven bruja escribe en una carta a sus padres al final de la película. “Todavía hay veces que me siento triste”, admite, “pero de todas formas amo esta ciudad”. ...

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