Casa Ciriaco, emblema de nuestra memoria

Muchas veces pensamos que las mejores páginas de nuestra literatura se escribieron en cuartillas, máquinas de escribir o libretas.
Pero no podemos olvidar que también se redactaron sobre una mesa y un mantel, con recuerdos y experiencias que después se tradujeron en textos inolvidables.
Una de esas mesas es Casa Ciriaco, la taberna castiza que lleva más de cien años como punto de encuentro de algunos de los mejores escritores de nuestra memoria .
Antes de restaurante, desde 1887, Casa Ciriaco fue un almacén de vinos conocido por el nombre de Casa Laviñas.
Desde ese edificio, Mateo Morral lanzó la bomba que por poco acaba con la vida de Alfonso XIII el día de su boda en 1906.
Y fue precisamente ahí, donde los hermanos Muñoz Sanz, Ciriaco y Pablo, que trabajaban en el local, decidieron ampliar el negocio cuando se lo compraron a Antonio Fernández.
Muy pronto, su gallina en pepitoria se convirtió en una seña de identidad de Madrid, justo cuando Valle-Inclán esbozaba los primeros borradores de Luces de Bohemia, inspirándose en personajes como Alejandro Sawa.
A medida que Casa Ciriaco evolucionaba a una casa de comidas de primer nivel, Julio Camba, Ramón Gómez de la Serna, Wenceslao Fernández Flórez o Edgar Neville, se hicieron clientes fijos, ya no solo por sus guisos, sino por las fabulosas tertulias que alargaban las sobremesas de ese Madrid de nostalgia e ingenio descomunal.
De este modo, mientras la ciudad cambiaba de alcaldes, de tranvías, de buses de dos pisos y hasta de régimen político, Casa Ciriaco siguió ofreciendo lo mismo: unos callos de excepción y una salsa donde mojar el pan que cautivaba cualquier paladar.
Y es que, muchas veces, no hay nada más revolucionario que mantener las cosas que funcionan.
Allí, lo mismo te cruzabas con Juan Belmonte que con el pintor Zuloaga, y ese mérito se lo debemos a don Ciriaco Muñoz Sanz, que consiguió con su destreza en la cocina tradicional que todos quisieran sentarse en su comedor.En 1967, Casa Ciriaco pasó a manos de los hermanos Ángel y Godofredo Chicharro.
Empezó la que sería también su etapa decisiva, manteniendo las cosas que los hermanos Muñoz Sanz comenzaron y respetando tanto las recetas como el ambiente de esta casa ejemplar. Éstos pusieron en los fogones a doña Amparo Moreno, sobrina de Luisa Moreno y esposa de Ciriaco Muñoz, dejando en cierto modo, que la misma familia siguiera al frente de la emblemática cocina y creando una especie de unión de lazos familiares que tendría como emblema el sabor de sus recetas.
La familia Chicharro estuvo al frente de la taberna durante más de medio siglo, destacando el papel de Paco, hijo de Godo, quien trabajó durante cinco décadas en el restaurante hasta que, en 2017, el negocio pasó a manos de Alfonso Delgado de Casa Alberto, mítico de Huertas, y Daniel Waldburger, propietario de La Casa del Abuelo.
Lo increíble de todo esto es precisamente esta manera de respetar el origen de Casa Ciriaco.
Podríamos decir que nunca ha sido una sucesión de propietarios sino una cadena de custodios.
Primero los Muñoz Sanz, después los Chicharro, y ahora, otros taberneros centenarios que entendieron que allí no compraban un restaurante, sino una parte de la memoria de Madrid.
Una memoria que quedó dibujada en el logotipo que hizo el genio Antonio Mingote y que sigue presidiendo el cartel de este restaurante de una calle Mayor que ha visto de todo.
Esa manera de traspasar un negocio respetando su origen es la definición precisa de tradición.
Tradición que, pese a todo, seguirá existiendo mientras haya taberneros capaces de entender que en Casa Ciriaco no se come a secas, sino que se entra a formar parte de la historia de una ciudad que está escribiendo hoy, algunas de sus mejores páginas. ...
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