Pompeya dirección El Escorial
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Me fui a acostar el viernes por la noche con esta pregunta: ¿se quemará mi casa?
Sobra decir que no dormí mucho.
El signo de interrogación era un anzuelo que me mantuvo pegado al móvil.
He pasado las horas buscando información actualizada sobre los pueblos de la sierra de Madrid entre los que se ubica la urbanización en que viven mi exmujer y mis hijos.
Ellos ya no están allí, claro.
El viernes tenía previsto recoger a los críos igualmente, pero mi ex me conminó a que me apresurase: caía ceniza al jardín y corría el rumor de que podían evacuar o confinar, y cortar las carreteras.
Ella se ha ido a Madrid y yo estoy con los niños en Águilas, a la vera del mar.Al salir de Madrid, el viernes a mediodía, por la M40 en dirección a Majadahonda y El Escorial, pisé a fondo al ver esa nube marrón espeluznante.
Eran los espectros de los árboles en el cielo como cuando el burócrata de Cazafantasmas abre el depósito donde Bill Murray encierra a sus presas.
Cerca de la urbanización ya aparecían síntomas incipientes de Pompeya.
En el retrovisor se levantaban remolinos de ceniza al paso de mi coche.
Llegué a la que ha sido mi casa dos años y hoy es el huerto en que cultivamos a los niños.
Todo bajo una luz distorsionada.
El aire naranja, como si hubieran adelantado veinte días el eclipse.
Un sudario de ceniza delante del sol de mediodía.
Respiré los restos carbonizados de encinas, zorros, robles, jabalíes, jaras y ciervos.
Caían copos de todo esto y quién sabe qué más sobre los tejados y las flores.En la urbanización, algún vecino cargando el coche.
Llegué a casa: los niños contentos por ir a la playa y mi exdiligente con la maleta preparada.
Le dije: antes de salir, agarra todos los papeles.
Me miró confundida.
Las escrituras de propiedad, los certificados de nacimiento, el libro de familia.
La confusión se tornó fastidio.
A nadie le apetece salir de casa con sus papeles en una mochila.
Eso es salir con la sensación de que dejas puertas y ventanas abiertas para que se cuelen los bárbaros y lo destrocen todo, solo que los muros de la ciudad son hidroaviones y bomberos con bombas de agua y gente rezando para que el viento cambie de dirección y les permita controlar las llamas.
Puse rumbo al mar con los críos y opté por poner música y evitar la radio para que no se asustaran, así que eran uno, dos y tres, los famosos Mosqueperros .A la caída de la noche, habíamos desembarcado en Águilas y el Mediterráneo estaba caliente como una sopa.
Los críos con los pies en el agua y yo con los ojos en el móvil.
Leo que el calentamiento global ha elevado la temperatura de este mar nuestro a cotas caribeñas.
Leo que los políticos usan el calentamiento global como una llave maestra que abre todas las puertas de la demagogia.
Según parece, el peligro que coloca mi casa en una línea de destrucción incandescente es que determinados políticos autonómicos «no creen» en el cambio climático.
Se ve que unos burócratas cantando y danzando alrededor de la hoguera podrían cambiar la dirección del viento.El calentamiento global es una verdad incuestionable sobre la que se ha erigido una superstición insoportable.
Consumimos energía desaforadamente y no hemos descubierto el medio de producción de electricidad que eluda la huella de carbono.
En Europa restringimos pero se lo compramos todo a quien no restringe y se enriquece gracias a nuestra ética superior.
De poco sirve luchar contra el cambio de clima del planeta desde un ayuntamiento, una comunidad autónoma o un país europeo comprometido.
Lo que dicen los científicos es que el proceso ya parece ser irreversible.
Esto debería animarnos a abandonar el discurso del freno, inútil por completo si no es global y colectivo, y apostar por el discurso de la adaptación.
La adaptación al medio ha sido una máxima evolutiva para todas las especies.
De esto hablo con un sabio de la protección del monte y la lucha contra el fuego, Paco Castañares.
Su punto de vista coincide con el de Pino Pliego , que publica hoy en este mismo diario.
A mí me hace gracia que una experta forestal se llame Pino y otro se apellide Castañares.
Hablan los dos del combustible acumulado en montes donde ya no vive el ser humano.
Montes que la burocracia trata como cuadros de Velázquez y que ellos ven como depósitos de gasolina y explosivos esperando la llegada de una chispa.
Abigarrada hermosura para el poeta, santuario intocable para el ecologista dominguero, material explosivo para los que saben lo que hay.
Cuidar el monte salvaría más vidas que los bomberos.
Salvaría, de hecho, las vidas de los bomberos.
Aquí Castañares lanza además una pregunta devastadora en relación con lo que según el consenso ha originado el cambio climático: ¿de qué sirve la política de restricción contra el calentamiento global si en el incendio veraniego español se vierte a la atmósfera más CO² del que se ahorra sembrando ciudades de zona azul y coche eléctrico?
Si nos preocupan tanto las emisiones tendríamos que evitar que se quemen los montes.
Y para eso, Pino opta por dejar de hablar del incendio y empezar a hablar del territorio, porque el incendio es solo la consecuencia de su abandono.
Porque el fuego empieza antes del fuego, cuando el campo se despuebla y no se cuida, y cuando tampoco se gestiona con cabeza, ni se da a sus recursos naturales otro uso que el de convertirse en pira crematoria el próximo verano, y salir en los telediarios.Castañares dice que las cabras son más efectivas que los cabrones para evitar incendios, porque se comen antes que el fuego sus manjares favoritos.
Pero levanto la cabeza de los sabios y miro a los cabrones, es decir a los políticos , echándose unos encima de otros la culpa de que mi casa esté en la línea del frente.
Pues un mensaje para todos ustedes: no me importa quién es el culpable, preferiría encontrar entre ustedes alguna persona responsable.
La gente del campo y los expertos forestales están de acuerdo con Darwin en que las especies que mejor se adaptan son las que sobreviven y dominan el mundo.
Apliquen los prebostes la misma regla a los países.
Si hemos de vivir por nuestros pecados en un planeta caliente, así sea.
Concentrémonos en vivir y dediquemos a la prevención los esfuerzos ímprobos que dedicamos a la danza apocalíptica de la lluvia. ...
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