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Un 'fósil imposible' reescribe la historia de nuestros ancestros durante el reinado de los dinosaurios

ABC.es
Un 'fósil imposible' reescribe la historia de nuestros ancestros durante el reinado de los dinosaurios

Para que unos vivan, otros tienen que morir.

Es una regla no escrita de la naturaleza, pero que se cumple a rajatabla y en todas las escalas imaginables.

La vemos en la intimidad de una misma especie, donde el sacrificio de un individuo, normalmente el progenitor, garantiza el futuro de la próxima generación.

Cosa que ocurre, por ejemplo, con los pulpos, cuyas hembras dejan literalmente de comer y se consumen hasta morir de inanición mientras cuidan y oxigenan incansablemente su puesta de huevos.Pero vayamos más allá, porque esta regla del 'todo o nada' también rige en las escalas más grandes.

Las extinciones masivas han puesto fin, una y otra vez, a reinados indiscutibles de decenas de millones de años, pero al mismo tiempo dieron una oportunidad de oro a otras criaturas que aguardaban su momento en las sombras.

El caso más célebre, aunque no el más letal, es el impacto del asteroide en Chicxulub hace 66 millones de años.

Borró a los dinosaurios no aviares de la faz de la Tierra, que dominaron por completo durante 160 larguísimos millones de años, pero también abrió de par en par la puerta para que nuestros diminutos antepasados, los mamíferos, salieran de sus madrigueras, crecieran hasta convertirse en los nuevos gigantes del planeta y terminaran conquistando un mundo nuevo y vacío.Y ahora, precisamente sobre los albores de aquellos primeros ancestros de la humanidad (y del resto de los mamíferos) acaba de publicarse un trabajo científico que está sacudiendo los cimientos de la paleontología moderna.El enigma de los zeléstidosEl artículo, recién publicado en ' Nature ' por un equipo internacional de investigadores del Museo Americano de Historia Natural, la Universidad de Stony Brook, la Universidad de Arizona y la Universidad de Arcadia, resuelve al fin un enigma de más de cuarenta años.Durante décadas, en efecto, los paleontólogos han lidiado con un misterioso grupo de mamíferos extintos del Cretácico, los zeléstidos.

Hasta ahora solo se conocían por fragmentos fósiles dispersos y, sobre todo, por sus peculiares dientes.

Eran unas piezas dentales redondeadas y bajas, evolutivamente perfectas para triturar materia vegetal.

Y se diferenciaban drásticamente de los afilados colmillos en forma de sierra para cazar insectos que lucían la inmensa mayoría del resto de los primeros mamíferos.Durante casi cuarenta años, la ciencia pensó que los zeléstidos fueron los primeros mamíferos placentarios, un error cimentado únicamente en la curiosa forma redondeada de sus molaresBasándose en esos dientes, la ciencia había dictaminado que los zeléstidos eran un grupo desconocido de mamíferos con pezuñas y, fundamentalmente, parientes cercanos de los mamíferos placentarios (el inmenso grupo actual al que pertenecemos los humanos, los perros, las ballenas y la mayoría de mamíferos vivos).

De hecho, los llamados 'relojes moleculares' (modelos matemáticos que calculan el ritmo de las mutaciones genéticas en animales vivos para estimar cuándo divergieron dos especies) sugerían fuertemente que los placentarios ya caminaban entre los dinosaurios.

Y los zeléstidos encajaban a la perfección en ese papel de 'tatarabuelos'.Pero un fósil increíblemente bien conservado ha venido a sacudir este árbol genealógico.Un 'conejo del Cretácico' con dientes engañososEl nuevo animal, bautizado formalmente como Tamirkhan balcarceli, fue descubierto durante una expedición en 2004 en la parte oriental del desierto del Gobi.

Es el fósil de zeléstido más completo jamás hallado y desvela, de una vez por todas, el verdadero aspecto que tenían esas criaturas.«Este descubrimiento -asegura el autor principal del estudio, Andres Giallombardo, que halló el espécimen cuando era solo un estudiante de posgrado- ilustra por qué el trabajo de campo sigue siendo indispensable para comprender la historia de la vida.

Fue la mayor emoción de mi carrera encontrar una nueva especie tan completamente preservada que resuelve un problema científico de larga data, y un recordatorio de que el desierto del Gobi, que es bien conocido por sus fósiles, sigue cambiando la ciencia».¿Y qué es lo que cambia exactamente ese fósil?

Pues que Tamirkhan no tiene nada de placentario.

Es decir, que pertenecía a una rama evolutiva separada y totalmente diferente.

Sí, es cierto que ostenta los clásicos dientes trituradores, pero su cráneo presenta largos incisivos de crecimiento continuo, junto con una batería de rasgos propios de otro linaje de pequeños mamíferos insectívoros llamados zalambdalestoideos.Para entenderlo mejor, los investigadores recurren a la anatomía.

En palabras de Shawn Zack, paleontólogo de la Universidad de Arizona y coautor del trabajo, «las patas traseras de Tamirkhan son largas y delgadas con tobillos distintivos, rasgos que son inconfundiblemente de zalambdalestoideo».

Con apenas entre 15 y 18 centímetros de longitud desde la cabeza hasta la cola, sus patas traseras alargadas le daban un aspecto muy similar al de un conejo (lo que les valió el apodo informal de 'conejos del Cretácico').La cuestión nos lleva directamente a uno de los fenómenos más alucinantes de la biología: la evolución convergente.

Para comprender este concepto, podemos pensar en un tiburón y en un delfín.

No son familia (uno es un pez cartilaginoso, el otro un mamífero de sangre caliente), pero las aguas del océano los han moldeado con la misma forma de torpedo hidrodinámico porque ambos se enfrentan al mismo desafío: cazar y nadar rápido.

Con los zeléstidos ocurrió lo mismo.

Desarrollaron dientes idénticos a los de los mamíferos herbívoros posteriores simplemente porque se adaptaron a dietas y estilos de vida similares, no porque fueran parientes de sangre.Hace más de 200 años Cuvier dijo que un solo diente bastaba para predecir todo un animal, pero este trabajo demuestra que los dientes no siempre pueden decirnos cómo era todo el animalLos fósiles tienen la última palabra«Hace más de 200 años -explica Maureen O'Leary, paleontóloga de Stony Brook e investigadora asociada del Museo-, el naturalista francés Georges Cuvier argumentó que un solo diente podía permitir a los científicos predecir la anatomía de un animal entero.

Si bien los dientes siguen estando entre los fósiles más 'informativos' disponibles, este trabajo demuestra que no siempre pueden decirnos cómo era todo el animal».En resumen, el nuevo estudio supone un duro revés para la idea de que los mamíferos placentarios ya prosperaban antes de la caída del meteorito.

Como advierte el coautor Paul Velazco, biólogo comparativo de la Universidad Arcadia, «los modelos moleculares basados en animales vivos pueden predecir el pasado, pero los fósiles proporcionan la evidencia necesaria para probar esas predicciones».El tesoro inagotable del GobiEl espécimen, reconstruido tras un minucioso escrutinio a través de MorphoBank (una gigantesca base de datos de investigación filogenética que empezó a compilarse en 2013), pone de relieve el valor incalculable de enclaves remotos como el Gobi o Kazajistán.No es casualidad que Michael Novacek, conservador histórico del Museo que lleva liderando expediciones a Mongolia desde 1990, declare con evidente satisfacción que «el Gobi es uno de los únicos lugares donde rutinariamente recuperamos mamíferos del Cretácico tan notablemente completos.

Estos fósiles extraordinarios continúan transformando nuestra comprensión de la evolución de los mamíferos».Tamirkhan balcarceli, por lo tanto, es la prueba palpable de que, a la sombra de tiranosaurios y triceratops, la vida ya estaba experimentando con nuevas, extrañas y maravillosas formas.

La naturaleza estaba jugando sus cartas antes de la gran extinción masiva, preparándose quizá para cuando el fuego del cielo despejara, trágicamente, el tablero. ...

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