Verdad con insolación

Madrid aparece lleno de gente, alcalde, y, sin embargo, rebosante de nadie.
Es la ciudad, ya, un gentío deshabitado, un bullicio que bosteza.
Hay coches, pero no hay prisa.
Hay terrazas, pero casi no hay ciudad.
Todo parece una postal donde el fotógrafo hubiera olvidado el encuadre de personas.
Dirá usted, alcalde , que escribir del calor resulta demasiado socorrido en julio, o en agosto.
Pero no.
El calor es un desafío literario, una dificultad estilística.
El frío reúne épica.
La lluvia incluye melancolía.
La nieve trae un prestigio de foto antigua.
El calor desnuda a la ciudad.
El calor le quita la corbata al paisaje, lo deja en camiseta de tirantes, en rato desabrochado.
El verano convierte Madrid en una verdad con insolación.
El verano es la estación donde la realidad se pone en modo de espera, como esos comercios que bajan la persiana con un cartel escrito a mano: «Volvemos en septiembre».
Hasta las prisas van y cierran por descanso.
Ya nos dejó dicho Ramón Gómez de la Serna que agosto era el mejor mes de Madrid, y uno quiere creerle porque Ramón veía prodigios donde los demás sólo encontrábamos mobiliario urbano.
Estas alturas del verano, en Madrid, ofrecen la sensación de que la ciudad se contempla a sí misma desde fuera, como hacen los actores cuando acaba la función y se miran todavía maquillados en el espejo del camerino.
El verano, en Madrid, no es, en rigor, una estación.
Es una autobiografía de la ciudad escrita con el lento alfabeto del calor.
Y quizá por eso Madrid, cuando arde, no parece más triste ni más alegre, sino contemplativa de sí misma.
Como esos viejos elegantes que miran caer la tarde desde un banco, sin hacer nada, porque han descubierto que también la felicidad consiste en no tener prisa para llegar a ninguna parte. ...
이 뉴스, 어떠셨어요?
탭 한 번으로 반응 · 로그인 불필요