Me arrepiento profundamente
Me arrepiento profundamente de haber asistido a la final del mundial de fútbol en un estadio en las afueras de Nueva York.
Fue una pésima decisión, una de las peores que he tomado.
Gasté una fortuna absurda para sufrir de una manera absurda.
Lo pasé fatal antes, durante y después del partido.
No volveré a la cancha para ver fútbol.Yo quería ver la final en mi casa, tranquilo, a solas, en una pantalla gigante, confortado por el aire acondicionado, a pocos pasos de la cocina para servirme cafés y coca colas.
Así había visto los partidos de Argentina y de España en el mundial, y así me encontraba cómodo y contento.
Pero mi esposa no es tan ermitaña ni austera como yo.
A ella le gusta concurrir a espectáculos masivos, sobre todo si son conciertos.
Una de las noches peores de mi vida la pasé en Londres, en el estadio de Wembley, acompañando a mi esposa para presenciar un recital de Taylor Swift.
A la salida, quedamos atrapados por una marea humana que no podía avanzar hacia la estación del metro, porque la policía lo impedía, ni retroceder, tratando de escapar del océano de personas.
Sentí que moriría asfixiado.
Juré que nunca más asistiría a un espectáculo masivo.
Sin embargo, mi esposa me convenció de comprar entradas para la final del mundial de fútbol.
Pero el error de asistir a la final, gastando un dineral para pasarlo fatal, fue agravado porque días antes ella me había persuadido de comprar boletos para ver el partido por la medalla de bronce entre Inglaterra y Francia, que se jugaría en el estadio de Miami, a media hora en auto desde nuestra casa.
Mi esposa estaba inquieta y quizás obsesionada con adquirir boletos para ese partido en un sector privilegiado de la tribuna, muy cerca de los bancos donde se sentarían los entrenadores y los suplentes.
Tanto insistió que me resigné a pagar unos asientos casi al nivel de la cancha, en una categoría llamada «Pitchside Lounge», con acceso a un salón de comidas y bebidas gratuitas.
Estábamos tan cerca del césped y de los entrenadores que podíamos escuchar lo que estos gritaban a sus jugadores y a veces lo que los jugadores se gritaban entre sí.
Cada boleto me había costado lo que costaría un billete aéreo en clase ejecutiva desde Miami a Londres, París o Madrid.
Después de comprar esas entradas para ver el juego por el tercer puesto, y apenas se supo que la final la disputarían Argentina y España, mi esposa enloqueció buscando entradas bien ubicadas, con acceso a salones refrigerados, en el estadio de Nueva Jersey donde se disputaría la copa.
Las más caras, en la categoría «Pitchside Lounge», costaban, cada una, lo que costaría una camioneta Audi Q7 nueva.
Las intermedias, en la categoría «Trophy Lounge», valían la mitad, o sea media camioneta Audi Q7 cada una.
Las menos costosas eran las de «Champions Club», casi detrás de los arcos, bien arriba del estadio.
Compré tres entradas en esa zona, una para mi esposa, otra para nuestra hija, la tercera para mí: la suma de aquellos boletos equivalía al valor de una camioneta Audi Q7 nueva. ¿Valía la pena gastar tanto dinero por un partido de fútbol?
Mi esposa pensaba que sí.
Me decía: es la final del mundial, va a ganar Argentina, no te lo puedes perder.
Yo decía: va a ganar España, es una locura gastar tanto en un partido.
Al final, ella prevaleció.
Enseguida reservé un vuelo a La Guardia, saliendo de Miami el domingo de la final, a las ocho de la mañana, lo que, si todo salía bien, nos permitiría llegar al estadio en Nueva Jersey hacia el mediodía.
Luego reservé un hotel de cuatro estrellas en el Upper West Side porque nuestro hotel de siempre, el Carlyle, estaba copado.El plan era promisor pero arriesgado: el sábado por la tarde asistiríamos al estadio para ver Inglaterra vs Francia, el domingo temprano volaríamos a La Guardia y esa misma tarde veríamos desde las gradas la contienda entre Argentina y España.
Las entradas para la final estaban pagadas.
Si la aerolínea Delta demoraba el vuelo de las ocho de la mañana, o lo cancelaba, nos perderíamos la final y no habría tiempo de revender los boletos.
El sábado por la tarde, ya en el estadio de Miami, al terminar el primer tiempo, cuando los ingleses ganaban con cuatro goles de ventaja, recibí un correo de la aerolínea Delta, notificándome que nuestro vuelo del domingo a Nueva York había sido cancelado.
Mi esposa y yo sufrimos una crisis nerviosa.
Traté de encontrar tres asientos en un vuelo a Nueva York esa misma noche, o la mañana siguiente, pero todo estaba vendido.
Tampoco había vuelos disponibles a Washington, Boston, Baltimore o Filadelfia: miles de argentinos querían llegar a tiempo a la final.
Entonces nuestra hija, mucho más inteligente que yo, encontró tres asientos libres, en clase económica, partiendo de Miami a Hartford esa misma noche.
De inmediato salimos del estadio a toda prisa.
Nos perdimos el segundo tiempo, seis goles nada menos.
Manejé a alta velocidad hasta la casa, hicimos maletines de mano y conduje deprisa al aeropuerto.
Llegamos a tiempo para abordar el vuelo a Hartford.
Yo llevaba muchos años sin volar en clase turista.
Como soy alto y grueso, entré a duras penas en el asiento.
Luego pasó una hora, el avión no se movió y el capitán anunció que, por mal tiempo en Nueva York, tormenta eléctrica, no podíamos despegar.
Nos bajaron a todos del avión.
Esperamos una, dos, tres horas.
Nos dio la medianoche.
Sugerí abortar el vuelo, volver a casa y ver la final por televisión.
Mi esposa, una guerrera, nos pidió no rendirnos.
El vuelo despegó una hora después.
Llegamos a Hartford a las tres de la mañana.
Después tomamos un taxi hasta Manhattan.
Arribamos a las seis de la mañana.
Ya era de día.El hotel de cuatro estrellas era bastante desastroso.
Mi hija entró en la ducha, dio un grito y salió corriendo, pues había una cucaracha que me vi obligado a matar.
Yo estaba exhausto, abatido, arrepentido de haber viajado.
Pensaba: qué manera idiota de gastar tanto dinero para sufrir tanto.
Dormimos cuatro horas.
Luego llamamos a un chofer de confianza y salimos al estadio, yo vistiendo la camiseta argentina.
Nos tomó casi tres horas llegar del hotel en Manhattan al estadio en Nueva Jersey.
El tráfico era tan espeso que casi no se movía.
Solo pasaban a toda prisa, por el carril auxiliar, los vehículos oficiales de la FIFA, escoltados por la policía.
El chofer nos dejó cerca del estadio, pero no tanto.
Tuvimos que caminar media hora, bajo un calor sofocante.
Una vez que llegamos al club refrigerado cercano a nuestras butacas, faltaba apenas media hora para que comenzara el partido.
Comimos algo, me eché protector solar en el rostro, pues nuestros asientos estaban expuestos al sol, y empecé a rezar para que Argentina ganase.El partido fue un suplicio, una agonía, una tortura lenta y minuciosa, porque España jugó mejor y Argentina casi no atacó.
España jugó tan bien que condenó a Argentina a jugar mal.
El técnico argentino se equivocó al confiar en González y en De Paul como titulares y lanzar al pipiolo de Simeone.
España sometió a Argentina y dominó el juego.
Solo un milagro de Messi podía darle la copa a Argentina.
El calor era brutal.
Había más argentinos que españoles en las gradas.
Los argentinos vivaban y cantaban.
Los españoles se quejaban del juego brusco de sus rivales.
Yo pensaba: quizás Argentina encontrará la manera gloriosa de consumar la hazaña y ganar al final de modo épico, como una epopeya más.
No fue así.
Todo el partido fue un sufrimiento del carajo, un dolor indecible, una humillación y una tristeza por el juego desigual que empeoró cuando Argentina se quedó con diez hombres y se estropeó más todavía cuando Torres convirtió el gol, tras falla de Molina, yo furioso con el técnico por haber sacado a Montiel para meter a Molina, que había hecho un mundial horrible.Cuando terminó el partido y ciertos futbolistas se liaron a golpes en el césped, nos retiramos presurosamente.
Yo lloraba.
Lloraba porque había perdido Argentina.
Lloraba también porque, sumadas las tres entradas, los billetes aéreos y el hotel de cuatro estrellas, había dilapidado lo que me hubiese costado una camioneta Audi Q7 nueva.
Soy un idiota, me decía, en el taxi de regreso al hotel, travesía que demoró dos horas, un tráfico de terror.
Llegando a la habitación, le dije a mi esposa: Nunca más iré a un estadio.
Ella, risueña, me dijo: Pero la final del próximo mundial será en España, ¡cómo te la vas a perder! ...
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