Con quién te metes en la piscina

Iba a la feria cuando se empezaban a instalar las atracciones y me gustaba ver cómo se montaban, y hablaba con las familias que las llevaban, que casi todas eran gitanas.
Aquel verano, una chica que no recordaba de los años anteriores, y a la que llamaban prima, se había incorporado a la cuadrilla de la montaña rusa Ratón.
Enseguida me llamó la atención y la invité a la mañana siguiente a mi piscina.
Mis padres y mi abuela estaban trabajando en Barcelona, sólo estaba Miguela y no dijo nada.
Alba era de una belleza gitana que me hipnotizaba.
Su bañador negro escondía menos de lo que enseñaba.
Mi abuela llegó antes de lo esperado, justo cuando Alba se iba a comer con su familia.
La vio y la saludó muy amablemente.—¿Y esta chica quién es? —me preguntó justo cuando ella salió de la casa.—Una de las atracciones, Alba.—¿Una de las gitanas?—Sí.—Me lo he imaginado.
Muy guapa.
Que no vuelva nunca más.—Esto es racismo. ¡Racista!—No es racismo.
Es para que no me obligues a ser racista.
Créeme.
Que no vuelva.Aquella tarde vi a Alba y me dijo «qué maja tu abuela» sin saber lo que me había ordenado.
La invité a un helado, y al día siguiente, y al otro, y de los besos pasamos a otros juegos, aunque no el definitivo, hasta que una mañana sangró un poco.
No mucho pero un poco.La misma noche se presentó su padre en mi casa, con muchos primos acompañándolo.
Mi abuela me mandó a la habitación y ella los recibió.
Era oscuro e iban de negro.
Los que estaban bajo la farola, se veían; los demás se intuían en la penumbra.
Yo lo veía y escuchaba todo desde el ventanal de la habitación de mis padres, escondido tras las cortinas.
El padre hablaba solemne —y el calor se nota más cuando alguien te habla despacio– y con palabras que usan para las grandes ocasiones los que no están acostumbrados a decirlas.
Los primos hacían como que contenían gritos de dolor indignado cuando el líder hacía sus pausas.
Mi abuela –yo conocía cada una de sus caras– no estaba en absoluto intimidada, respetaba a aquella gente por lo fieles que eran a sí mismos, y había una parte en ella más juguetona que, pese a la gravedad, disfrutaba de la escena.Le explicaron lo sucedido, la importancia de la sangre para su cultura, y no exigieron matrimonio, por lo menos no inmediatamente, pero sí que reclamaron que mantuviera algún tipo de compromiso con ella.
Era viernes y mi abuela dijo que el lunes daría su respuesta.Y aunque el padre pareció conformarse con el plazo, los primos no hacían más que hostigarme cuando me veían por el pueblo.
Era muy incómodo, pero es que además daban miedo.
Por primera vez en mi vida no pude ir a la feria.El lunes por la mañana vino mi amigo Félix a darme la noticia: la montaña rusa ya no estaba en la feria, la noche del domingo la desmantelaron y partieron de madrugada, y nadie sabía en el pueblo ni los demás feriantes sabían por qué.
Félix había estado con Alba en mi casa, y aunque no me hizo ninguna pregunta directa, estaba claro que esperaba que le explicara algo más sobre lo sucedido.
No lo hice.
No por falta de ganas.
No lo hice por miedo a que se lo contara a alguien y los primos tuvieran todavía más motivos para ir a buscarme.Cuando mi abuela regresó me dijo que la acompañara a dar un paseo por el campo de los olivos.—La familia de aquella chica —me dijo— no volverá a molestarte.—Pero, ¿cómo lo has conseguido?—El domingo por la tarde, su padre tuvo una visita de la policía y otra del ayuntamiento, le revisaron las licencias, los materiales de la atracción, si estaba al corriente del pago de impuestos y le preguntaron por un turbio asunto de otro de los hijos.
Cuando ya se veía con el agua al cuello, le ofrecieron irse inmediatamente y que no volviera jamás al pueblo. —Esto a ningún blanco se lo habrían hecho.—No es un problema de blancos o gitanos.
Es un problema de con quién te metes en la piscina. ...
이 뉴스, 어떠셨어요?
탭 한 번으로 반응 · 로그인 불필요